Kolda: descubrimientos y desafíos

Por Elisa Brunazzi

 

Estos meses en Kolda han pasado volando: cada día está siendo una ocasión para llegar a comprender un poco más de la realidad en la que me encuentro.

Conectando con la realidad de Kolda  

Creo que los días pasan rápido también porque todo aquí toma más tiempo, desde un simple paseo de casa a las oficinas de Alianza hasta salir de compras al mercado local. Un recorrido del punto A al punto B es mucho más de lo que parece porque aquí es importante hacer etapas y tomarse el tiempo para charlar y saludar a las personas que se pueden encontrar andando. Siendo totalmente honesta todavía no me he acostumbrado a esta forma de interactuar con las personas: por un lado, me parece maravillosa esta forma tan abierta de vivir la sociabilidad y me da la oportunidad de conocer otro poquito más de Kolda. Por el otro, ya que no estoy muy acostumbrada a todo esto, por ratos me siento como que no sé bien cómo comportarme. Sin embargo, reconozco que estos momentos pasados a conversar de cómo está yendo el día de alguien o del calor, de las lluvias o de todos los idiomas locales que hay que aprender para poder hablar con toda persona en Senegal, me hacen sentir un poco más conectada con una realidad que no podría ser más distinta de la de mi pueblo en Italia. 

Adaptándome al choque cultural   

De todas formas, sentirme conectada con la realidad de Kolda se está revelando bastante más difícil de lo que pensaba dado que cada día es un constante recordatorio del privilegio que tenemos por ser europeos. Por ratos todavía me siento como cuando salí del avión llegando a Dakar: confundida e incapaz de comunicarlo y ya no es un problema de idioma porque más o menos he conseguido dominar el francés, sino que es algo más profundo. Muy a menudo siento que me focalizo solamente en los aspectos más problemáticos olvidándome casi por completo de todas las pequeñas y grandes cosas que hacen de Senegal el país de la “teranga” (hospitalidad). Es imposible no notar algo como el bajo nivel de instrucción, niños pequeños trabajando en talleres para aprender un oficio, división cerrada de los roles de género, escasa presencia o total ausencia del estado, sistema sanitario extremadamente carente…

Al mismo tiempo es igualmente difícil ignorar la disponibilidad de las personas a ayudarte si te ven en dificultad, el clima de magia y de alerta que hay por las calles cuando sale el Kankuran (un personaje místico que viste con un traje marrón o rojo que le cubre la cara y todo el cuerpo y está asociado a las ceremonias de circuncisión) a jugar con los niños, las ganas de compartir que caracteriza a la gente y la energía que se siente al ver las danzas y al escuchar la música del djembé y de las otras percusiones. Esencialmente es un balance complejo de vivencias que aparentemente no tienen nada que ver con las otras.  

Y mientras pasan los días aquí, no podría estar más feliz de haber tenido la posibilidad de explorar estas contradicciones que no dejan de sorprenderme y de desafiarme. 

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